
La ciencia ficción ha alimentado nuestras fantasías con una innumerable cantidad de historias acerca de viajes en el tiempo. Desde la novela “La Máquina del Tiempo” de H. G. Wells, hasta la famosa trilogía de películas “Volver al Futuro”, todas nos proponen diferentes mecanismos complejos y tecnológicamente avanzados a través de los cuales podría concretarse el viaje en el tiempo: una complicada máquina surgida de eternas pizarras repletas de ecuaciones, un De Lorean cargando un condensador de flujo alimentado a base de plutonio, un misterioso disco ubicado en una estación científica secreta enterrada en las entrañas de una isla, entre otras rarezas.
Por supuesto, todos estos artefactos funcionan a la perfección dentro del mundo de la ciencia ficción, pero cuando retiramos la palabra “ficción” de la formula, se desvanecen súbitamente. Y es que en principio, ninguna de estas prácticas formas de viajar a través del tiempo tienen en cuenta algo realmente simple: de acuerdo a la teoría de la relatividad de Einstein, el espacio y el tiempo no son dos dimensiones separadas, sino que se encuentran unidas en un entramado denominado espacio-tiempo. Prometo ahondar más acerca de esto en un futuro artículo, pero es importante saber que aplicados a la realidad ninguno de dichos métodos podría funcionar. Entonces, ¿cuál es la forma más simple de viajar en el tiempo?